
El mundo de Internet -nadie lo dudará- está lleno de alicientes: nos acerca todo el mundo al instante, nos pone al alcance productos y servicios que de otra forma serían inaccesibles, es un medio de comunicación fabuloso ya sea unilateral (información) o bilateral (relaciones y participación).
En el lado contrario, la Red posee su lado oscuro: spam, delitos, engaños, etc. Y existe una tendencia negativa que cada vez es más preocupante, al menos a mi me molesta especialmente. Y es el peligroso hecho de que la palabra amistad se suela utilizar con viles propósitos, más bien con egoístas intenciones.
La RAE define la amistad como “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.”. Sin embargo Internet cambia este significado en muchos casos y lo asocia con “relación basada en el interés que no existiría si una de las partes no tiene algo que aportar a la otra”.
Las redes sociales por ejemplo, se convierten, además de vehículo para poder recuperar viejos contactos, en una manera de vender nuestro producto, ya sea económico, informativo o con el fin de fortalecer el puro ego.
Estas redes desvirtúan así, la palabra amigo. El verano pasado un “experto” me comentaba: “tú logras tener muchos amigos, comentas sus fotos, les felicitas en su cumpleaños, les ríes las gracias, y así cuando estén confiados, les logras vender lo que quieras”. Curiosa definición de la amistad.
Y yendo más allá de estas redes, se sigue con el mismo modelo en toda Internet. La participación en foros, el acercamiento vía mail, etc, se basa en el mero intercambio, o la propaganda comercial o personal. Es decir, eres mi amigo mientras me aportes algo, cuando ya no me sirvas no vengas a pedir nada.
Y lo triste es que hay un ejército de personas que realmente sí creen en la amistad, y en el respeto y admiración a la gente con conocimientos, que al final son utilizados para propios fines aprovechándose de su ingenuidad.
¿Dónde está la Red altruista de los primeros años?, ¡qué me la han cambiado!.
P.P.: Una buena amiga mía (de las de verdad) hubiera titulado este post: “Cómo te quiero tío Andrés”.






